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El recuerdo de un amigo "Muchas Gracias querido Gustavo"



Redacción Redacción

El periodista escritor villamercedino, Alfredo Salinas recordó a su compañero y amigo Gustavo Dominguez en la siguiente nota; 

Los seres humanos tenemos la invaluable oportunidad de hacer algo, sea grande o chiquito, que sirva como una suerte de ejemplo para otros, conocidos o extraños. Es el legado que nos trasciende como personas, como individuos. Quizá sea el mismo y único sentido de la vida. Hay quienes no alcanzan esa gracia porque no lo entienden, porque no les interesa o, por vicisitudes puntuales, porque el destino les interrumpe o les prohíbe la posibilidad de lograrlo. Es una cuestión existencial que, por lo general, suele plantearse cuando alguien fallece y su entorno más cercano lo evoca y lo llora.

Este domingo "22 de octubre" que comenzó fresco pero soleado, prometía para mucha gente el típico ritual de compartir un asado o una raviolada en familia, con el plus de seguir el resultado de las elecciones legislativas y hasta jugar aventurando sus resultados. Pero para mucha gente, para mucha, la jornada comenzó con un sino trágico, la muerte de un villamercedino destacado, Gustavo Domínguez.

Destacado como profesional, pero también como hijo, como hermano, como papá, como compañero y como amigo. Una de esas personas que uno agradece haber tenido la ocasión de conocer y tratar.

Con toda humildad y absoluto respeto me tomo la licencia de escribir estas líneas, no tanto con el ánimo de rendir tributo a un amigo, sino por la necesidad de canalizar la profunda pena que me ganó al enterarme de la desaparición física de quien fuera mi compañero en la antigua ENET N°1 “Ingeniero Agustín Mercau”. Simpático, carismático, excelente deportista y líder de grupo, así lo rememoro a Gustavo, el clásico muchacho que se llevaba materias sólo por la rebeldía tan propia de la adolescencia, pero que las rendía con la facilidad que le permitía su inteligencia. En cierta ocasión algún profesor preguntó a la clase las aspiraciones que teníamos al terminar la secundaria y él, con su sonrisa mordaz, dijo que sería médico. Obvio que nadie le creyó y hasta provocó risas a las que él se sumó. Pero luego de muchos años lo reencontré convertido en un joven y prestigioso oncólogo, y fue recién entonces cuando le descubrí una faceta que ni siquiera había imaginado.

 Cuando mi querido viejo Pototo enfermó de cáncer, con mi madre y mi hermana nos encomendamos a Gustavo, quien más allá de brindarnos su vasta experiencia nos entregó su contención, como tomarse la molestia de visitarnos un domingo en casa, actitud que no fue la excepción para con un antiguo compañero de escuela, él era así con todos sus pacientes. Generaba un lazo fraternal, dando todo de sí no sólo para desarrollar el tratamiento que ameritara el caso, sino para obsequiar su tiempo, su generosidad, su compañía. Había una innegable vocación en el otrora rebelde estudiante de la industrial, un enorme compromiso con su profesión y, como si eso fuera poco, le otorgaba una atención tan especial a su trabajo que cualquier preocupación y dolor se desvanecían cuando esbozaba su inimitable sonrisa, generando esa armonía que te indica que todo va a estar bien.

Había regresado de Japón un par de días atrás de un congreso oncológico, uno de los tantos en los que participaba de modo permanente, para estar a la vanguardia y así poder servir mejor a sus pacientes. De hecho había una juntada pendiente con amigos, como la que tuvimos en su casa en vísperas de ese viaje, donde fue un anfitrión de lujo.

Como cierre, sólo opinar que a sus 47 años Gustavo Domínguez ya había trascendido, con un legado tangible en el agradecimiento y cariño de las muchas personas a las que curó y contuvo; la alegría que siempre daba verlo, aunque fuera en un breve cruce de palabras y un abrazo al paso; el orgullo de su familia, el dolor de una ciudad. De su ciudad.

Siempre duele la partida de un amigo, pero reconforta tanto saber que este maravilloso muchacho aprovechó su vida, y lo hizo ayudando a salvar y mejorar la de muchos.

Gracias, querido Gustavo.

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