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Carta a los Merlinos: Florencia, 4 de septiembre 2017



Ine Lanfranchi Ine Lanfranchi

Si hace tiempo que no escribo para este maravilloso diario, hecho con trabajo y vocación de verdad, es porque estoy recorriendo el “viejo continente”, las “tierras antiguas”. Aquí me pregunto por el motivo de mi destino y en primer lugar es porque el sueño de mis hijos era estar en lugares emblemáticos de esta Europa. En segundo lugar porque en mi juventud ya he estado por aquí y deseo que los ojos de ellos vean lo que los míos y a partir de aquí descubrir juntos nuevos cielos.

ViajeIne

Esta tierra está llena de arte y lujos, arquitecturas perfectas, luminosas, coloridas y ostentosas. Bellas desde lo que el ojo humano pueda apreciar, cada ángulo, cada detalle, cada inscripción de un “yo estoy en la historia” están presentes.

Pero estos genios, maestros del arte que nos alimenta, abrevaron su tacto de obras saqueadas de culturas más antiguas aún, piezas que se exhiben como trofeos en inmensos y ostentosos museos. Los dominantes montan sus raíces sobre los dominados. Es lo que se trasluce. Cada entrada a un sitio cultural público o privado, está envestida de una conversación con mis hijos sobre lo que leemos allí, claro, con el abecedario que nos da códigos para compartir. Así es como la mirada no es ingenua y hoy a días de terminar la veloz recorrida decidimos juntos qué hacer y qué no, a dónde entrar y a donde no.

Lamentablemente las grandes basílicas quedan de lado. Ahora, a diferencia de mi viaje anterior, todas cobran entrada. Pero allí no se termina el comercio, si deseamos ir al altar, por el solo hecho de tener oro entre sus tallas, hay que pagar otra entrada, lo mismo si deseamos subir a balcones y campanarios. En medio del lugar más sagrado, como lo es el cercano a la eucaristía nos encontramos con molinetes, cajas registradoras y postnet para acceder a contemplar el “oro”. Son mis hijos quienes me dicen que no entremos a los templos supuestamente sagrados. Y coincido plenamente. Pues esta es la parte de la historia de la humanidad que deseo mostrarles a paso lento, caluroso con aires americanos. 

Celebro y amo vivir en la Villa de Merlo, con la Sierra de los Comechingones cuidándonos la vida, con el Valle del Conlara reflejándonos el verdadero oro que somos en cada atardecer.

Desde las tierras antiguas me despido con ansias de regresar al “nuevo continente”.

Abrazo infinito.


Ine. 

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